
Deseo materializar una decisión que tomé. Materializarla en un gesto, en un ritual. Para trazar una raya en el devenir de las cosas. Un antes y un después de ese acto, dotado de la fuerza necesaria para asegurar lo que deseo. Como todo rito, su valor está asociado con su significado, el significado que yo pueda darle. Y si sirve, ha servido. Eso que quiero hacer, ese cambio que quiero dar a mi vida. Para recuperar esa actitud que me ayudó en el pasado, a ser yo, a ser feliz, a disfrutar cada momento de la vida, de los encuentros, de las personas, ese ánimo que me llenó de alma la vida. Un acto que hay que inventar, para materializar mi decisión. Quemar la página de un periódico de noticias económicas. O quizás -se me ocurre- plantar en una maceta esa hoja de mi agenda: "Eres perfecto así como eres" y regarla con una copa de Ribera de Duero. O beber de esa copa el vino en que maceré los deseo escritos. No sé. Habría que inventar algo -ahora que estamos secos de inventiva- algo físico, sensorial, algo que represente físicamente lo que mi corazón desea, algo que lo materialice y concrete, algo que pueda acunar entre mis brazos o algo que pueda llevar en el bolsillo, o meter bajo mi almohada. Y, luego, poéticamente, con todo el pontifical preciso, sellar con una ceremonia ese cambio que -ya, con solo desearlo, con sólo ser consciente de que lo deseo- ya se ha producido en mi vida. Convertir los viles metales en oro por arte de magia, en belleza sentida toda la belleza que pasa por delante.
















































