Decía Saint-Exupéry que lo que importa es lo que un hombre llega a ser, no lo que es, (que eso no se sabe). El asunto de la vocación, de no traicionar la propia vocación, era, para él, lo esencial de la vida humana. Por eso para el autor del Principito, el hombre “tarda en nacer” (lo que me recuerda al "Para nacer he nacido" de Neruda). Un hombre que sigue su vocación sin traicionarla, a menudo no halla la dicha, pero sí la densidad de la propia vida.
En otro lugar, se compadecerá del burócrata, ese hombre amodorrado que, para alcanzar la paz, ha cerrado con cemento todas las posibles vías a la luz y ha quedado atrapado en sí mismo, haciendo imposible ya para siempre que emerja el ingeniero, el médico, el inventor, el actor, el periodista…que alentaba dentro de él. Desde niño, Antoine quisó ser aviador. Su bautismo del aire tuvo lugar a los doce años, pero el ya soñaba con volar desde los cuatro.

Saint-Exupéry, presionado por una mujer a la que amaba, renunció a entrar en el Ejército del Aires y entró a trabajar como oficinista en el faubourg Saint-Honoré. Aguantó poco. En pleno marasmo emocional, la aviación comercial le salvó. Allí encontró una misión y unos compañeros. Siempre creyó que el único lujo verdadero de un hombre eran sus relaciones personales. Y ese vínculo se forja luchando con otros por un objetivo común, para el que cada uno se hace responsable de todos. Aquél equipo de pilotos que mantuvo la línea aérea Toulouse-Casablanca-Buenos Aires, con vuelos transoceánicos nocturnos y haciendo frente a los peligros del desierto y las acciones armadas de las tribus levantadas en el Marruecos colonial.
Didier Daurat, director de explotación de la Compañía Latecoere, le nombró jefe de la base aérea de Cabo Juby, situada en Rio de Oro y que era escala obligada de los aviones en la ruta Casablanca-Dakar. Rio de Oro era una región insurrecta en el Marruecos español. Muchos aterrizajes forzosos habían terminado con los pilotos secuestrados o asesiandos. Organizó hasta 14 expediciones de salvamento.
Aquellos heroicos pioneros del correo postal fueron la verdadera familia de Saint-Exupéry. Sintió que su vida se anudaba a la de ellos. Y encontró el sentido de lo humano en la experiencia del desierto. Allí, "los hombres azules" eran príncipes sin poseer nada. Descubrió la alegría expontánea del pueblo, los artesanos, las gentes en las medinas. Los lazos con los demás son los que dan sentido a los actos del hombre. Esos lazos rotos por el individualismo de nuestras ciudades. En medio de la pobreza había riqueza y en medio de la ignorancia sabiduría del vivir. Conoció esa vida intensamente comunitaria, tan distinta de la vida europea.
Estaba licenciado. Tenía 44 años. No debía volar. Europa estaba en guerra. Para el la guerra era la oportunidad de volar. De tomar su responsabilidad. De cumplir un deber. Tuvo que mover cielo y tierra (y conseguir una recomendación del hijo del Presidente de Estados Unidos) para ser enviado al frente. Mientras llegaba la autorización esperaba en la habitación de su hotel, escribiendo Ciudadela, su obra más ambiciosa y desconocida. Al fin le autorizaron para realizar únicamente cuatro vuelos. Arrancó de sus mandos, como favor, la oportunidad de llevar a cabo una última misión. Despegó de Alghero, en Córcega a las 8,30.A las 13,30 no había regresado. Le quedaba gasolina para una hora. A las 14,30 se le dio por desaparecido. El había dicho que guardar unas cuantas ovejas bajo las estrellas significa mucho si el pastor tiene conciencia de su papel, si se da cuenta de que es más que un servidor. "Es un centinela.Y cada centinela es responsable de todo un imperio"



hacer cine de autor sobre un tema como ese. Contar su visión fue un riesgo excesivo, pues aunque existe la libertad en España, hoy por hoy, la “equidistancia” (que también practica algún que otro obispo) es una posición imposible de sostener en presencia de las víctimas. Aquí creo que fue un ingenuo Medem.





















