



una ventana, acaso una puerta




El mismo día de mi vuelta, desapareció el móvil y con él mi tesoro de imágenes (fue como si se disolviera en el éter). Pero ahora comprendo que las imágenes no eran necesarias o eran insuficientes. Empobrecen los recuerdos. Las sensaciones, las impresiones quedaban ahora liberadas de toda referencia concreta. "Todo lo fijo mata" y este viaje ha sido, al final, vida.
Había comenzado el viaje con el regusto de una novela recién terminada de Alberto Moravia ("El hombre que mira"). El narrador es un hombre que mira, a diferencia de su padre, hombre de acción, dispuesto a rivalizar con su hijo por el amor de una mujer. El protagonista es un voyeur cuyo placer es esencialmente visual e imaginativo. Su esposa, cuyo amor posee para él la cualidad ideal de retrotraerlo a sus días infancia, a ese rostro abandonado de la Virgen de su niñez, tiene ahora un amante que la ama de otra manera.
Pero, para mi sorpresa, el protagonista de la novela, resulta ser también un hombre que mira. Un hombre impotente para el amor. De hecho, el hombre de acción no fue sino el personaje inventado por Hemingway para huir de la literatura. Los jóvenes viajeros de "Fiesta" se entregan a una orgía etílica contínua en la Pamplona exótica de los años veinte. Pero para el protagonista la embriaguez no es sino el precio que hay que pagar para alcanzar un estado sensitivo determinado, un estado en el que puede leer sus libros preferidos de otra manera, sintiendo que lo que lee lo ha vivido realmente. De esa forma lo que lee pasa a formar parte de él para siempre. Es, pues, un hombre que busca la eternidad, empapándose de realidad. Busca retener sensorialmente ese momento hidizo y huir más allá del tiempo.
Han dado lluvia en Palermo, y pienso en esos campos mojados, en esas ciudades antiguas, en los burros y en las bicicletas.




Y está bien, porque es ahí, junto e ellos, donde está la vida.
(Para Natxo)









¿Qué es lo que realmente me importa en la vida? ¿Mis cosas, mi mundo? ¿la libertad? No al precio de la separación. La vida sólo es posible con el otro. La vida es fusión con el otro. En soledad no se vive. De esa forma hemos sido hechos. El sexo no sustituye a nada.
El protagonista de “Elegy” no es capaz de bajar esas barreras: sus prejuicios, sus costumbres, su manía de pensar en el futuro, de imaginar cómo serán las cosas después. Su incapacidad para soltar amarras y entregarse a lo que ahora hay plenamente. La necesidad de ser sensato, de no hacer locuras, de no ser vulnerable, de no cometer errores. Pero el amor es todo lo contrario a eso: amar es jugarse la vida, tirarse a la piscina...pronunciar un sí radical al otro, sin reservas ni seguridades. El amor es vulnerable o no es. El amor no sabe qué conviene hacer o decir en cada momento. El amor es incierto, vive de su propia energía. El amor no nos garantiza un mañana.
Pero creo que cuando llegue la vejez, el amor nos habrá enseñado a entregarnos. Si hemos amado quizás podremos seguir amando en la vejez. Y podremos amar hasta que llegue la muerte.