
Se lo he escrito hoy a mi amigo Fackel:
"Hay un escritor que se oculta en su cuarto, en el texto (y define al escritor como alguien al que le gusta estar solo). Ese escritor es un narcisista, goza de sus propios hallazgos lingüisticos, es tremendamente infantil y limitado para la vida. Lo que escribe es bello pero su vida no ("es al otro al que le pasan las cosas...yo me dejo vivir pero el otro va ganando terreno"). Ese escritor se convierte en una imagen de sí mismo.
No Saramago. Saramago ha sido, por encima de escritor, hombre comprometido con su tiempo y su clase. Pobre entre los pobres, sin importar su Nobel, que no le hizo salirse de su lugar, el que él había elegido por un sentido de justicia. Crítico con la sociedad del bienestar, la fea diatriba que le ha dedicado -de cuerpo presente, aún caliente- el periódico del Vaticano, me parece que le da todavía un mayor prestigio.
Añadiré que no es mi escritor preferido.
También demasiado triste y portugués para mí.
Pero me gusta eso que leí de que a su familia les llamaban los "Jaramagos", por lo pobres, como los hierbajos que crecen en las cunetas. Y aunque no fuera cierto, sí que él estuvo al lado de los Jaramagos del mundo, con rabia y furor, denunciando todo lo que anestesia frente a esa realidad.
Y también lo admiro por esa mujer morena, bella y culta, compañero presumo de una nueva vida juntos, solos, en una isla preciosa. Una vida creada para la creación, con gran parte de la vida a las espaldas, para iniciar una nueva pero coherente, de amor realizado en pareja. Me gusta mucho pensar que se puede seguir siendo joven y apasionado por más años que deje atrás el calendario. Ejemplo, en ambas cosas, fidelidad y capacidad de renovarse, Saramago, escribiendo hasta el final con ambición, con coherencia, por la revolución, merece este epitafio tuyo y nuestro. Un abrazo".




















