Iba en el AVE pensando en qué diría. Tenía que decir algo, estaba anunciado. En este viaje se mezclaban tantas cosas...Empezó siendo un poema que irradiaba en mí algo profundo. Pero había también un factor biográfico: este viaje parecía un bucle del destino. Leí aquél poema y deseé editar el libro. Luego resultó que la autora -la misteriosa mujer de pelo irlandés- era de Zaragoza. Allí, hace veinticinco años fui muy desgraciado. Y ahora regresaba a esa ciudad que nunca supe hacer mía, esa ciudad en la que iba por las calles como encerrado en una cárcel. Para mí era importante volver, era importante encontrar esa ciudad, ahora, tanto tiempo y tantas cosas después, de la mano de una amiga -la primera allí- alguien a quien no conocía. El poema era pues, también, un regreso para mí.

En el AVE había cargado con "Doctor Pasavento", para releer cómo Vila-Matas cuenta que también él pensaba en el AVE de qué hablaría al llegar a Sevilla. El viaje hoy era a la inversa, pero el tema -en definitiva- el mismo: cómo la realidad se confunde con la ficción, cómo se preñan una a la otra, cómo a veces siente uno como si esperase que el cuento de su vida se siga contando por su cuenta.
Pesaba mucho para mí el paralelismo: la sincronicidad te deja perplejo, como si se tratase de un diseño artístico del destino. Por eso, durante el viaje, pensé contar que hace veintinco años estaba en Zaragoza desesperadamente solo, que hace diez años era yo el autor que presentaba su libro y Bernardo Víctor Carande -mi amigo ya muerto- el editor que amparó en su colección una novela de un autor desconocido, mi novela, que contaba aquellos años míos en Zaragoza. Pensé decir que "El Desembarco" había nacido como editorial -precisamente- para publicar un texto de Bernardo, una humilde columna de periódico del "Hoy" de Badajoz, titulada "Añora el hambre de Van Gogh" -que me llegó muy dentro- y en la que Bernardo rememora a Vicent Van Gogh por esos campos de la Camargue francesa, con sus pinceles al cinto y su caballete a cuestas, anda que te andarás, sin haber comido nada, pintándose lo que se le presenta, si es un cielo nublado o un trigal, si pobre, por lo mismo libre...Ese texto había despertado en mí un deseo, no conocido hasta entonces: el de editar. Ese mismo deseo que había sentido de nuevo leyendo "Regreso a Taormina"...Añoraba Bernardo ese hambre de Van Gogh cuando tenía que hacer pasillos para rellenar instancias, pedir subvenciones, llevar ese papeleo burocrático para el que no servía, para el que ningún poeta sirve, con tal de llevar adelante la finca que su padre le dejó, Capela, su pequeña explotación ganadera, de la que vivía.
Y yo pensaba que -si no lo suficientemente valiente para vivir con la libertad que él- al menos como editor vivía la pobreza, en un voluntario apartamiento del tráfico comercial, con la perentoriedad de poder ser cada libro el último de mi vida como editor, lo que enriquece la elección, lo mismo que se llena de valor y autenticidad la vida que está a punto de perderse.
Y meditaba en todo esto -que era mío, pero era pasado- cuando llegué a Zaragoza para la presentación del libro. Pero no dije nada de lo que había escrito.
Ya he vuelto. Se presentó el libro, "Ocho islas y un invierno". Pero sucede que conocí a Marta Navarro, su autora. A ella y a Chesus Yuste, a Fernando Sarría, a Luisa Miñana...compartí ese momento de celebración con sus amigos, con Alfredo, con Mónica, con Inma...con José Antonio Labordeta, en la distancia, con la poesía de Pedro Casaldáliga, presente entre nosotros desde Brasil...Han sido días de amistad y de poesía.
El AVE me conducía hacia el norte, pero hasta unos días después no pensaba volver a Zaragoza. Mi primera noticia de Houdini fue en esos lejanos años que viví en esa ciudad. Aparecía en una filmación de los años veinte, en Nueva York, en otra película, “Ragtime”, de Milos Forman, que se estrenaba en un cine del Paseo de la Independencia. Yo iba al cine los sábados por la tarde. En la ciudad no había otra cosa que hacer. Era barato y me encontraba solo. De hecho fui a ver "Ragtime" dos días consecutivos (tanto me gustó). Escapar era para mí –en 1981- algo impensable. Estaba sometido a un destino que yo mismo había forzado y cuyo final incierto me tenía atrapado en esa ciudad...Paseaba por las calles como si llevase una camisa de fuerza puesta, una de esas camisas de fuerza de las que siempre escapaba Houdini.
Muchos años después había visto en televisión “Katchanka”. El niño protagonista está también encerrado, en una casa en el campo, lejos de sus amigos, aburrido. El niño encuentra entonces un libro que cuenta la vida de Houdini, un libro en el que el niño aprende el arte de escapar, el arte de desmaterializarse y desaparecer. Houdini, su nuevo héroe, había sido un niño pobre y solitario, había tenido que trabajar de limpiabotas, luego de aprendiz de un cerrajero y contorsionista en un circo; había aprendido a aguantar todo eso, a aguantar el dolor, a aguantarlo todo, para ser el mejor mago del mundo y desaparecer. Houdini se había casado con Bess, una chica menuda y morena, a la que hacía desaparecer en sus números juveniles. El niño, al leer esta parte de la vida del mago, probablemente soñaba con encontrar también una chica con la que poder compartir sus juegos, con la que tener la misma complicidad que ellos tenían.
Viendo en el AVE la película, viendo a Houdini con los pies encadenados, para ser introducido boca abajo en una pecera, recuerdo cómo a Houdini le gustaba el peligro de la inmersión, desafiando a la asfixia. Y recuerdo ese dato biográfico que leí en algún lugar y que crea un vínculo misterioso entre el mago y yo. Ambos, siendo niños (concretamente, a los siete años) vivimos la experiencia de caer a un río y estar a punto de ahogarnos. Recuerdo, haber contemplado el sol a través del agua y las burbujas de mi propia respiración, mientras caía al fondo. Y luego, al recuperar la consciencia, recuerdo la impresión extrañamente irreal de la gente que me rodeaba; era como si estuviese "en otro mundo". Había escapado de la muerte. O había vuelto de ella.
Escapar cuando uno está a punto de ahogarse. Hundirse y salir a flote de nuevo. Eso es la vida. Burlar a la muerte, irse y volver. Escapar puede ser tan fácil como ser capaz de esconder una pequeña llave en cualquier orificio del cuerpo, o –como hacía Houdini- tragarla y regurgitarla luego. Eso no es más que un truco: pero en Houdini, junto al truco está la verdad, el trabajo constante, durante años, para aprender a aguantar, a aguantar el frío, mediante inmersiones en bañeras con hielo; aguantar la respiración, hasta casi de tres minutos; aguantar los golpes que cualquier desconocido quisiera propinarle (uno de ellos, que le sorprendió antes de que pudiera prepararse para encajarlo, le llevó a la muerte, en 1926). Houdini aguantaba todo, y aguantaba con una sonrisa. Porque sabía fingir. En el fondo era un hombre del espectáculo, un actor o si se quiere, un farsante. El siguió siendo siempre un niño pobre, un niño judío, un niño junto a su madre, a la que adoraba, con una pasión extraña. 


Luego, llegaría a mis manos un ejemplar de la Divina Comedia, regalo de mi tía Remedios en una de sus visitas anuales. La traducción de José Eugenio Hartzenbuch, romántica hasta el éxtasis, me hacía parar a cada frase para padalear cada palabra; las ilustraciones de Gustavo Doré, las notas eruditas al pie...fue mi primer libro verdadero. Al comprar ahora esa biografía secretamente quiero recordar la hora concreta y los minutos, no sólo de aquél encuentro mítico, sino de aquella lejana clase en que mis compañeros no atendían, en que mis compañeros se dormían o se burlaban de don José. abstraído en su discuros, lleno de ampulosidades y afectación, pero también de una erudición que me tenía embelesado. La literatura era más que los libros, una forma de vivir: la de los escritores.
Compro sus "Cuentos completos" en edición primorosa del Círculo de Lectores, y meto en la bolsa mi propio miedo a la vida. Y termino comprando "Madrid de corte a checa", de Agustín de Foxá, otro que vivió sin miedo y que nos dejó ese verso: "Y pensar que después que yo me muera, aún surgirán mañanas luminosas". Sigo mi camino al sol y vuelvo a casa.

Por cierto, esa gracia que no entienden algunos. Hace unas semanas habíamos acudido al reclamo de sus esculturas a ese desastre urbanístico en que han convertido la Alameda de Hércules. Me habían impresionado el tamaño y la rotundidad de sus figuras. Pero más me apenó la falta de respeto y la incomprensión de esos desaprensivos que habían pitorroteado las piezas: arte popular, según ellos. Me dio pena de aquellas piezas indefensas en medio del paseo, con las heridas de la incultura encima.
En Barajas se exponen tres piezas, tres cabezas de mujer, con textos de Vargas Llosa. La coqueta (adoro la mujer coqueta). La realista..no me gusta. Pero me detengo a leer y enseguida transcribo en mi libreta de notas, el texto al pie de esta cabeza.
Tanta palabrería, tanto ladrar y tan poco morder. Vivir es soltar ese lastre para salir corriendo al encuentro de lo que está justo a nuestro lado. Aquello que nos mira y se acerca.
Sus genuflexiones rítmicas junto al guitarrista (el africano Lionel Loueke) generaban bellos momentos de música pura. Y sobre todo la dirección de aquello parecía llevarla un bateria para mí desconocido (Kendrick Scott), formal con su corbata, capaz de engrasar la máquina en cualquier momento, de lanzar o frenar, de galopar o mantener el trote, creativo a tope. Entre todos ellos, Hancock oficiaba de mero pianista (quizás, con sus casi setenta años, su sabiduría consiste en descubrir el genio en los demás y avanzar con los jóvenes por nuevos caminos).






El mismo día de mi vuelta, desapareció el móvil y con él mi tesoro de imágenes (fue como si se disolviera en el éter). Pero ahora comprendo que las imágenes no eran necesarias o eran insuficientes. Empobrecen los recuerdos. Las sensaciones, las impresiones quedaban ahora liberadas de toda referencia concreta. "Todo lo fijo mata" y este viaje ha sido, al final, vida.
Había comenzado el viaje con el regusto de una novela recién terminada de Alberto Moravia ("El hombre que mira"). El narrador es un hombre que mira, a diferencia de su padre, hombre de acción, dispuesto a rivalizar con su hijo por el amor de una mujer. El protagonista es un voyeur cuyo placer es esencialmente visual e imaginativo. Su esposa, cuyo amor posee para él la cualidad ideal de retrotraerlo a sus días infancia, a ese rostro abandonado de la Virgen de su niñez, tiene ahora un amante que la ama de otra manera.
Pero, para mi sorpresa, el protagonista de la novela, resulta ser también un hombre que mira. Un hombre impotente para el amor. De hecho, el hombre de acción no fue sino el personaje inventado por Hemingway para huir de la literatura. Los jóvenes viajeros de "Fiesta" se entregan a una orgía etílica contínua en la Pamplona exótica de los años veinte. Pero para el protagonista la embriaguez no es sino el precio que hay que pagar para alcanzar un estado sensitivo determinado, un estado en el que puede leer sus libros preferidos de otra manera, sintiendo que lo que lee lo ha vivido realmente. De esa forma lo que lee pasa a formar parte de él para siempre. Es, pues, un hombre que busca la eternidad, empapándose de realidad. Busca retener sensorialmente ese momento hidizo y huir más allá del tiempo.















