Tuesday, April 05, 2016

LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA

Un sanatorio o un balneario. Un lugar apartado entre montañas alpinas. El lugar a donde uno va para que no le encuentren. Para perderse, como única forma de encontrarse. Encontrarse con el silencio, escapando del vocerío.Encontrarse con el anominato, escapando de la fama. 

 Robert Walser no escribió nada mientras permaneció en el sanatorio de Herisau. Se retiró allí, según decía a sus amigos, no para escribir sino para volverse loco. Para escapar de la angustia de ser Robert Walser. 

 En la última película de Paolo Sorrentino, "La Juventud", el protagonista, Frank (Michael Caine), es un anciano que pasa sus veranos en un balneario suizo de montaña con su hija, después de haber renunciado a su carrera de compositor y director de orquesta. Se dedica durante sus paseos a escuchar la música presente en la naturaleza. Como Walser, le repugna el poder y ha renunciado a la gloria. Y como él, siente que el silencio del artista es lo que permite al hombre vivir de verdad, vivir de una forma sencilla, como un hombre cualquiera. No ser nadie, en ese lugar alejado del mundo. 

 Le da la réplica Mick, su amigo de toda la vida, un director consagrado en el declive de su carrera. Mick (Harvey Keitel) cree que todavía puede realizar su obra maestra. Es un ejemplo de pensamiento contemporáneo: cree que la juventud es una decisión personal, por encima de las limitaciones del cuerpo. No le importa el trancurso del tiempo y vive el presente, pensando que lo mejor está siempre por llegar. Esa filosofía optimista, deportiva, es lo que le mantiene en un estado de excitación creativa, es lo que le hace conservar las ganas de vivir ¿Cómo vivir sin esperanza? ¿Cómo vivir cuando lo mejor de la vida ha pasado? Mick busca su inspiración en un grupo de jóvenes guionistas con los que comparte su estancia en el balneario. Ellos le contagian el entusiasmo que él necesita (pero entre un octogenario y un grupo de jóvenes cualquier conversación es una sucesión de monólogos).

 Dos formas de enfrentarse al trabajo de demolición del tiempo y a la relación con los otros cuando envejecemos. Frank, desde su apatía, Mick desde un activismo sobreactuado. La clave, parece decirnos Sorrentino, es el sentido del humor. Como dijo Hegel, es necesario un sentido del humor infinito para comprender la tontería del mundo, el absurdo de todo esto. Y es que a cierta edad no nos debemos tomar demasiado en serio a nosotros mismos (ese es el pecado de Mick). 

 Milan Kundera,en su última novela, "La fiesta de la insignificancia", protagonizada también por cuatro amigos setentones, y escrita a los ochenta y cinco años, nos ofrece una lección de desmitificación, empezando por la desmitificación de su propio personaje, riéndose lo mismo de las pérdidas de memoria que de las de orina. 

 La felicidad no es un sitio en el uno se pueda quedar para siempre. Y cuando pasan los años vamos a tener que transitar a otro lugar que desconocemos. Allí tendremos un pasado que ya a nadie interesará, unido a un futuro ilusorio. Podremos elevar a los altares la botella de Armagnac o el contoneo de las jovencitas. Podremos hacer las paces con nuestros fantasmas. O podemos organizar fiestas que celebren a la vez la vida y la muerte. 

Nos vamos a repetir seguramente (porque nadie escapa al tema de su vida), pero vamos a tener que ocupar de alguna forma el tiempo que nos quede.

Wednesday, December 02, 2015

UNA PASTELERÍA EN TOKIO

El trabajo. Vocacionalmente, soy un vago. Sin embargo creo que toda mi vida he trabajado. El trabajo como condena bíblica. Sobre todo lo entiendo algunas veces. Los lunes por la mañana. Pero ahora hay quien dice que ama su trabajo, que se realiza en él y nos descoloca a los demás. La finalidad del trabajo, históricamente, no ha sido "realizarse". No se creía que uno tuviera que disfrutar al trabajar. Ni nadie se podía sentir extraño o incluso culpable por reconocer que trabaja sin una especial satisfacción, simplemente porque de algo hay que vivir.

El otro día fui a ver una película japonesa: "Una pastelería en Tokio", de Naomi Kawase. Había oído hablar de ella en televisión y me gusta el cine intimista nipón. Al comienzo, el protagonista se levanta temprano, sube a la azotea de su casa y fuma allí, abstraído. Luego comienza su trabajo: hacer pasteles en una pequeña tienda de dulces: los tradicionales "dorayakis". Le vemos trabajar de forma rutinaria. Atender a sus clientes, niñas con sus uniformes colegiales que desayunan antes de ir a sus clases. Les sirve sus dorayakis sin demasiado interés, Como diríamos ahora, sin interactuar con ellas. Es pulcro. Silencioso. Cumplidor. Luego sabremos que tiene que pagar un préstamo al dueño de la tienda y que un día tuvo problemas con la justicia.


Una mañana aparece una anciana. Una anciana que se queda mirando al gran almendro que se alza junto a la pequeña pastelería. Mira sus flores recientes con ojos de felicidad. Esa señora a pesar de su edad y de sus manos deformes viene a solicitar el puesto de ayudante. El pastelero la rechaza un día, pero al siguiente ella vuelve como cliente para probar un dorayaki. Y no está bueno. El relleno de pasta de judías dulces (el anko), no tiene suficiente sabor. Ella lo hace mucho más sabroso. El pastelero le reconoce que el anko no lo hace él sino que lo compra hecho. La anciana consigue intrigar al pastelero que le permite ser ella la que a la mañana siguiente elabore su anko. La receta es laboriosa, requiere mucho tiempo, madrugar más, dejar cocer a fuego lento, remover despacio para no romper las judías, luego dejar caer el agua despacio, hasta que rebose y se lleve la espuma de la cocción, solo después de todo este proceso, el anko estará preparado y en su punto. Cuando el pastelero prueba el primer dorayki lo encuentra delicioso. Es la primera vez -dice- que me como uno entero, porque "no me gusta el dulce". Entonces la anciana deja de sonreír y le mira enojada: "¿Por qué trabaja en una pastelería si no le gusta el dulce?"


Los días que siguen el trabajo es diferente: los dorayakis son demandados por más y más personas que hacen cola a la hora de abrirse la pastelería, las colegialas se sorprenden porque el pastelero ahora sonríe y charla con ellas, el pastelero se siente feliz vendiendo sus propios dorayakis, elaborados por él y apreciados por sus clientes. Se siente orgulloso de sus dorayakis: los mejores.

Es una fábula. El trabajo: una maldición. O no.    

Monday, August 31, 2015

EL ORIGEN DE THOMAS BERNHARD

A veces hay que volver al origen de las cosas. Un blog es una pequeña memoria, a la que uno puede también volver algún día (ya no podré volver en cambio a los tuits que tuiteé, lo cual quizás sea más verdadero que lo otro, porque todo lo hacemos para el olvido). Como un libro que leímos y que en el estante de la biblioteca nos espera, siempre ofreciéndose a la relectura. Esa relectura imposible, porque el tiempo ha pasado y no podrás revivir la experiencia que tuviste al de leer por primera vez. Las primeras veces no se repiten nunca. ¿Para qué leemos? Creo que uno lee para encontrar algo de su vida escrito ahí por otra persona. Al encontrarlo, de alguna manera te das cuenta de que a todo el mundo le pasan las mismas cosas, que en lo esencial no somos tan distintos. Y eso re reconcilia un poco contigo mismo y con los otros.
He leído estos días “Origen”, de Thomas Bernhard. La dificultad de la escritura de Bernhard, la reiteración obsesiva de sus ideas fijas (sus invectivas contra la ciudad de Salzburgo, contra el sistema educativo, contra el nazismo y el catolicismo, etcétera), no han impedido que me sumerja en ese año o dos años de su adolescencia en que marchó desde su pueblo a estudiar interno en un Instituto público de Salzburgo, cuando ya Alemania estaba siendo derrotada. Bernhard vivía con su abuelo, que tras el abandono del hogar familiar por su padre y la segunda boda de su madre era su referente y maestro. El nuevo marido de su madre nunca ejerció de padre limitándose a ser su tutor. Bernhard fue educado por su abuelo en una concepción anarquista de la vida, con largos paseos, en medio de la Naturaleza, donde mantenían conversaciones de tú a tú, en lo que luego recordaría como los mejores años de su vida. De hecho, que su abuelo le entregase a una escuela dirigida por un nazi, fundada en el autoritarismo, la arbitrariedad y los castigos físicos, fue para Bernhard una terrible traición, aunque comprendiera que para él no había otro camino que la Universidad. En la novela Bernhard se refiere a una educación imposible, en medio de los bombardeos de los aliados sobre la ciudad, bombardeos sin más justificación que mantener el terror y debilitar la moral de la población civil de Salzburgo, una ciudad cuya belleza -pensaban sus habitantes- lograría que los aliados la respetasen. El abuelo de Bernhard siempre creyó en la personalidad artística de su nieto y se empeñó en que la desarrollase, pagándole clases de violín, primero, y luego de pintura. Su nieto nunca quiso aprender violín: para él era simplemente la excusa para disponer de una hora diaria de soledad para sus ensayos en un cuarto trastero del Internado. Allí el hacía sonar el violín, con una música que sólo él entendía, una música sin reglas que le liberaba y en la que dejaba escapar toda la angustia, todo el frío, todo el aislamiento condenado, toda la soledad. Esa música fue el origen de Thomas Bernhard.

Tuesday, December 30, 2014

LA MEMORIA DE DIOS, O CUANDO MI ABUELO VOLVIO A ENCONTRAR A SU MADRE

¿Por qué creo en Dios? No lo sé. Es un regalo. Sé que a Él no le importa que crea o no, ni yo ni nadie. Él cree en cada uno de nosotros y nos sale al encuentro en el camino de la vida. Creo que para Él no soy uno más: que me conoce por mi nombre y me ama. Esa era la fe de Jesús: poder tener una relación personal, como la de un hijo con un padre maternal y tierno.

Un padre no se olvida de un hijo...¿o sí? Viendo este mundo, viendo el mal, la violencia, el odio, a veces podemos preguntarnos...¿Y si Dios tuviera Alzheimer? ¿Y si Dios se hubiera olvidado de nosotros, si se olvidó del mundo que creó un día y está ahí, desentendido de todo lo que pasa?

 ¿Nos volveremos a encontrar con nuestros seres queridos alguna vez? Yo me he encontrado con ellos algunas veces en sueños, los veía tal como eran, con un gran realismo y me he emocionado. Están ahí, en mi memoria, como hologramas. ¿Podría materializarse ese sueño? ¿Dónde viven los seres con los que soñamos? ¿Por quién seré yo soñado cuando haya muerto? ¿Viviré en ese sueño, me sentiré vivo en él? 

Mi abuelo un día volvió a encontrarse con su madre. Mi madre, su hija, encarnó ese sueño de mi abuelo, cuando mi abuelo volvió a su infancia. Aquél día mi abuelo le dijo: "Mamá ¿por qué me has traido aquí?". Quería que le llevase de vuelta a casa, al pueblo y le cogía la mano. Mi madre se reía, convertida en madre de su padre. Y le hacía alguna caricia. Su madre, tras medio siglo muerta, seguía viva dentro de él. Aunque no la recordase. 

 Creo que seguimos vivos en la memoria de Dios, que un día nos encontraremos, aunque hayamos perdido su memoria y no lo recordemos. Un día todos los que perdieron la memoria serán recordados y recordarán. Porque la relación de un hijo con su madre sobrevive en lo profundo de ambos.

Tuesday, December 23, 2014

EL CASTOR EN GUERRA

Voy a volver al blog. Quiero volver. Ya quizás sin lectores. Pero en realidad...siempre estamos empezando.

 Este es un blog personal y, por tanto, puedo contar que estoy leyendo una biografía de Simone de Beauvoir. Y puedo contarlo porque cuando un libro te transforma, aunque sea un poco, es ya algo tuyo. 

En primer lugar, es un libro bien escrito. Los franceses saben escribir. Practican una escritura de ideas pero sin descuidar la forma. Da gusto leer y a la vez reflexionar. Daniêle Sallenave, además, sabe hablar con la voz de Simone. Interactúa con ella, se identifica y se distancia, y la lectura se convierte en un diálogo entre ambas. Me gustan esos libros que acaban con muchos subrayados, que me piden volver sobre lo escrito y tomar yo mismo notas para mí en mi agenda.

 En segundo lugar, es un libro sobre un tiempo que yo viví: los años sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado. Un tiempo en que el mundo estuvo en guerra, guerra de dos bloques irreconciliables, de dos ideologías. Tiempo en que uno no podía ser neutral. Tenía que tomar partido o corría el peligro de quedarse fuera del juego. La lucha entre los bloques se jugaba en Europa, entre los intelectuales del Viejo Continente. Tú, como estudiante, podías optar entre el orden, el aprovechamiento académico, los valores tradicionales, la familia. O bien por la lucha, el activismo, la liberación de los condicionamientos burgueses, de la moral burguesa. Un tiempo muy diferente al de este de la globalización. 

 Simone de Beauvoir, guiada por un afán de Absoluto, toma partido en su vida a favor de todas las revoluciones, quiere cambiarlo todo, vive en guerra permanente, bajo la presión y el vértigo de saberse poseedora de una sola vida que le conducirá a la nada, un tiempo limitado para desarrollar su proyecto de ser. El Castor (como la llamaba su alma gemela, Jean Paul Sartre, por el empeño que ponía en todas las cosas que hacía), siempre estuvo en pie de guerra, contra todo y contra todos, permitiéndose solo algunas treguas, algunas "querencias", lugares donde retirarse para recuperar fuerzas, para dejarse invadir por la belleza. Lugares como Roma, en el que "la piedra mana y el agua forma volutas". 

La tragedia de los intelectuales del momento fue validar la violencia como motor de la transformación y la emancipación. El estalinismo, el maoísmo, el castrismo...todas las revoluciones fueron traicionadas. Sartre y Simone de Beauvoir hicieron múltiples viajes a la URSS, a China, a Cuba. Pudieron darse cuenta. Pero prefirieron preservar la unidad de los suyos y ocultar la verdad. No denunciaron el terror e hicieron la vista gorda frente a las depuraciones y el silenciamiento a que se sometió a los artistas disidentes. Sólo los tanques en Praga, en 1968 les hicieron despertar del sueño soviético, pero para pasarse con armas y bagages al maoísmo, ignorando los asesinatos masivos de la Revolución Cultural. El último Sartre, ya muy mermado, llegó a justificar el terrorismo de la banda de Baader, en Alemania. 

 Esta progresía intelectual europea se empleó contra los valores burgueses como máxima expresión de la desigualdad y la injusticia. Sin embargo, en guerra y todo vivieron muy bien. Sartre, hijo de familia acomodada, nunca abandonó su confortable piso del Barrio de Montmartre. Compartió a diario mesa y mantel con Simone de Beauvoir en La Cupole, hizo tres o cuatro viajes al años con ella y con la amante de turno. Vivieron bastante bien, aprovechándose del sistema que querían abolir. Fue una de sus muchas contradicciones. 

En aquellos tiempos, ser joven era ser idealista. Hoy sabemos desconfiar de los idealistas. Sabemos desconfiar de los líderes de todas las revoluciones, de la espontaneidad de los movimientos de masas. Tras perder como sociedad el Absoluto religioso, hemos perdido también el Absoluto ideológico. Tras la caída de los muros, nuestras vidas son más grises y nuestros jóvenes se dispersan en el magma de una pseudocultura audiovisual y de redes. Nuestro pecado, como sociedad, es hoy la banalidad y el estado asociado a ello el aburrimiento. Pero el ansia de Absoluto forma parte de la esencia humana y de ahí el auge de los nacionalismos, como nuevas ideologías, y el atractivo para los jóvenes de los movimientos violentos de todo tipo. 

Sin embargo, la figura de Simone de Beauvoir, trasciende del icono político y de su asociación con Sartre, y en la biografía de Danièle Sallenave se visitan otras estancias de su personalidad, como mujer de apetito y apetitos, como memorialista que escribe su vida para construirla y que la construye escribiéndola. Una vida construida desde la lucha, golpe a golpe, libro a libro, por una sociedad de hombres y mujeres libres. Un objetivo que nunca podrá conseguirse pero que siempre podrá servirnos de guía.

Friday, August 29, 2014

MIRIAM SE PREPARA PARA LA DANZA




Miriam preparándose para la danza el 22 de julio 2014. 

 Hace unas semanas, estando de vacaciones, recibí esta carta de Juanjo, el Obispo cordobés de Bangassou. Este hombre bueno y valiente, que ha permanecido con sus feligreses en estos tiempos de violencia tribal que han asolado a la República Centroafricana. A pesar de la barbarie es capaz de escribir esto tan bonito y mantener en lo que se puede la vida cotidiana. Un ejemplo para todos.

Matrimonio infelizmente tradicional  


Recuerdo hace 9 años en Bangassou. Un mbororo, raza itinerante que atravesaba el Sahel de parte a parte buscando pastos para sus bóvidos, nos trajo un bebé de días. Dejó sus vacas a 40 kilómetros, cargó su bebé recién nacido que estiraba sus cuerdas vocales con gritos y congojas, no sabíamos si por hambre en estado puro o por su madre muerta, seguramente por ambas, y nos lo llevó al orfanato. Nos explicó que la niña se llamaba Miriam, que el parto, entre patas de vacas y polvo del ganado, fue un desastre y acabó con la madre muerta, y que no sabía qué hacer con Miriam y nos la "regalaba", añadiendo una coletilla en forma de proverbio que quería decir más o menos: "si quieres la tomas o si no la tiras a la basura". Con éstas, se volvió a sus vacas, a su desangelada cofradía ambulante por desiertos y selvas, a sus costumbres ancladas en recónditos raciocinios y a sus dioses semi-islámicos. 

Mirian estaba escuálida. Un bebé esquelético al que su primer biberón le supo a gloria bendita y el segundo a enjundia de los dioses. Su raza no es de la región de Bangassou, su piel es como la crema tostada, sus ojos son dos óvalos negros como el alquitrán, sus labios finos al igual que su nariz... Es una niña delgada y fuerte como debió ser su madre. La vimos crecer como un junco en casa de Mamá Paulina, su madre adoptiva, se inscribió a la escuela, aprendió a jugar como las demás, aprendió la vida de sociedad, se inscribió al catecismo, como las demás y entró en el grupo de danzas, que, en torno al altar en cada Misa de las grandes fiestas, revolotean como alondras mimando gestos de súplica al Omnipotente que la quiso sacar de entre el aliento de las vacas y la puso en la cama mullida de mamá Paulina. 

Muy de tarde en tarde, el padre pasaba, la veía y conversaba con ella: conversar es un decir, porque de la raza mbororo, Miriam sólo conservaba su estampa. La lengua le sonaba a mandarín y el padre se esforzaba por trasmitirle algo aunque sin conseguirlo porque ella miraba siempre al suelo, como temiendo que, una vez crecida, se la quisiera volver a llevar con él. 

Ni lo intentó, menuda es Paulina, que además, 9 años después, sigue todavía sentimental y tierna con su niña como el primer día. La cuestión es que hace un año se presentó en la casa un señor, ya algo mayor, carnicero de profesión. Lo conocemos del mercado donde vende carne de mono, trafica con huesos y vende pieles de bueyes. Pretendía llevarse a la niña diciendo que el padre se la había "vendido", un pacto entre musulmanes después de una ardua negociación. Decía que, como está estipulado en la tradición, éste tipo de matrimonio le permite llevarse a la niña una semana para "probarla", en todos los sentidos, no sólo para conocer cómo lava la ropa o prepara la mandioca, cómo trabaja con la escoba o si se entiende o no con sus otras mujeres, también para probarla sexualmente sin importarle al muy majadero si la niña ya es mujer o todavía no ha tenido sus primeras reglas. Y que si en una semana, añadía, no era de su agrado, la devolvería por donde había venido y volvería a hablar con el padre. 

Mamá Paulina me llamó y, delante del carnicero, me contó sus pretensiones. La pobre cría se escabulló horrorizada de que la quisieran vender como una vaca, y además a un carnicero, y se escondió en el baño. Le hice saber al ingenuo cacique que era yo, la misión católica y, sobre todo, Mamá Paulina, quienes habíamos alimentado a Miriam desde sus primeros días, la habíamos vestido, escolarizado, protegido y amado y que, por muy matrimonio tradicional que él pretendiera fundar, compinche del padre putativo, Miriam de allí no salía, que su dote superaba con mucho miles de millones de francos que habíamos consumido en educarla, amarla, alimentarla y protegerla y que, con todo el respeto por el matrimonio tradicional de ciertos subgrupos musulmanes, de aquella casa aquel carnicero y su turbante tenían que salir pitando antes de que la cosa fuera a mayores. Así salió, pitando, y no lo volvimos a ver. 

Al poco rato Miriam salió del baño, todavía el corazón saliéndosele por la boca. Conozco a muchas mujeres musulmanas casadas, pagada su dote siendo ya mujeres y queriendo casarse a la manera islámica normal. Esa manera "tradicional", que, desgraciadamente, sigue en boga en algunas partes del planeta tierra, está caduca, es carca y anacrónica, y además atenta gravemente contra los derechos del niño y de la mujer en general. Nos encantaría si Miriam fuera, un día, la primera Mbororo a poder estudiar en una Universidad.

Monday, April 14, 2014

UN SUEÑO VILAMATIANO

 He vuelto a soñar que tengo que hablar en público y no sé nada del tema. Cuando despierto intento recordar cuál era. Es igual. Lo importante es que "no era mío" porque lo tuyo no se olvida.

Y recuerdo aquél catedrático de Derecho Internacional Privado que tan buenas clases nos daba y nos hacía reír con sus anécdotas. Tampoco se sabía el tema que tocaba. Venía un poco bebido, con un par de whiskys. Y eso le daba la soltura y el valor para enfrentarse a sí mismo, desnudo.

Decía Josep Pla que el idioma español, a diferencia del catalán, no utilizaba frases lineales, sino "en cola de pescado". Girando sobre sí. Creo que uno siempre va en sus cosas haciendo esto mismo: volviendo al principio. 


 Y pienso en la desnudez que uno ha traído y se llevará. Y que no nos enseñan a mostrarnos desnudos. Por eso fracasamos en todos los terrenos, porque aquí lo que se sigue valorando es lo artificial, el maquillaje (lo memorizado).

Vila-Matas, en Kassel no invita a la lógica, tiene que fingir que escribe, delante de un público ocasional, convertido en una instalación de arte contemporáneo. Teme que alguien le pueda preguntar de qué está escribiendo. Y para evitar quedarse callado, desnudo, inventa un personaje, un escritor de Barcelona que tiene dos temas: la imposibilidad de comunicarse y la desaparición. Dejar de ser, ser otro, o ser todos, como Shakespeare, que quería en realidad no ser nadie y desaparecer. 


Nuestras obsesiones, los temas y autores que rumiamos durante toda nuestra vida son como lienzos en que podemos tejer y destejer. Y en ese rumiar es donde hacemos algo propio. Partiendo del origen: aquello que -sin saber porqué- nos atrae e interesa.
Descubrir esos intereses profundos, más allá de todo lo epidérmico y artificioso, de todo lo ajeno a mí, sería encontrar mi motor. Aquello de lo que podría hablar cuando no supiera qué decir. Aquello que únicamente sería mío. No memorizado, no preparado para la ocasión, no fraudulento.

Althusser dice en su biografía que se consideró mucho tiempo un impostor, cuando todos lo veneraban como la cima del pensamiento marxista. Él realmente es él en su condición de bipolar, que en un brote sicótico estrangula, en pleno desvarío a su esposa. Luego, "queda mucho tiempo". Compte-Sponville, alumno suyo, recuerda al profesor interesado por sus alumnos, al buen maestro, luego condenado al descrédito y el olvido. Quizás ser el profesor que duda y debate con sus alumnos era para el su verdad y las brillantes teorías una farsa.


Cuales son mis temas: quien soy yo. Porque no puede uno toda la vida ser otro. Y seguir desempeñando bien su papel sin tener que desnudarse ante el auditorio. Pero sin enfrentarse a su desnudez.



Hay que quedarse desnudo. Como dijo Kandinsky, el argumento perjudica al cuadro. Limita. Lo nuestro -lo recuerda Juan Luis Seisdedos- es rumiar. Rumiar las mismas obsesiones, las mismas frases, los mismos autores, volviendo sobre ello una vez y otra, "en cola de pescado". 


La conferencia en la que no tiene nada preparado. La conferencia sin público, o en la que el público abandona uno a uno la sala, decepcionados. Son obsesiones que ha trabajado Vila-Matas en sus novelas. Son metáforas del destino del creador: ponerse al borde del abismo (de la nada, de la desnudez) y dar un paso más. 


Porque se trata de escribir de lo que escribirías cuando no hay nada que contar. Y entonces sólo puedes sacar de dentro.