Wednesday, December 11, 2013

DE TAL PADRE, TAL HIJO



Leo las críticas de las películas en cartelera a través de la página filmaffinity en Internet. Cuando hay alguna película que le guste a Carlos Boyero se me ponen de punta las orejas: debe ser buena de verdad. Eso pasó hace un par de semanas con "De tal padre, tal hijo", película del director japonés Hirokazu Koreeda, para mí hasta entonces desconocido.

Concurría el elemento atractivo de su proyección en versión original subtitulada en una de las salas del Avenida 5 cines, lugar frecuentado por los cinéfilos de Sevilla por su excelente programación. Y, en efecto, la película no me ha defraudado. 




La película, en su sencillez, resulta muy emotiva y es de esas que te hacen sentir, pero también reflexionar. Es una película que recomiendo a todos los padres (y a todos los hijos), pero que, sobre todo, trata de la felicidad y de lo que la proporciona ¿Dónde radica la felicidad? 

Conocemos la vida de una pareja bien situada, con un hijo de seis años. Una pareja en la que él está completamente entregado a un trabajo de gran responsabilidad y ella cuida al niño casi sola.

El hecho que genera la crisis que pone en marcha la historia es -como casi siempre- una llamada de teléfono. El hospital comunica a los padres que su hijo no es tal, pues se produjo un intercambio de bebés en su día. Su verdadero hijo vive con otra familia, muy modesta, de tenderos.

Tener "aspiraciones" para tus hijos. Tener "aspiraciones" en tu trabajo. Tener más posibilidades en la vida. Aspirar a ser más de lo que eres. Y para ello, sacrificio, esfuerzo, trabajo, poco tiempo libre, a pesar de tener todas las comodidades, diseño, elegancia, "clase". Una vida dura.
Por el contrario, vivir "al día", día a día, no desear ser más de lo que eres, tener todo el tiempo que desees, para jugar, para tomar el sol en el pequeño terreno trasero de tu desvencijada casa, poder volar cometas con tus hijos o bañarte con ellos en la bañera. Vivir "al estilo hippy". Con libertad y amor, pero sin un duro en el banco.



Es desde la perspectiva del niño desde la que sentimos cuánta soledad hay en esos pisos modernos, confortables, llenos de juguetes electrónicos, pero en el que los padres apenas tienen tiempo para jugar con sus hijos.

El nivel de exigencia con los niños puede llegar a ser muy alto. Pero es que llegar a tocar bien el piano exige muchas horas de trabajo y sacrificar horas de juego, por ejemplo. Queremos lo mejor para nuestros hijos, que estén preparados para situarse el día de mañana. Pero los niños siguen siendo niños y necesitan jugar con sus padres. Necesitan jugar tanto como comer. Y necesitan cariño y protección. 

El equilibrio es muy difícil, piensa uno al ver esta historia. Porque la historia nos da ejemplo de niños prodigio como Mozart, sin infancia ¿Quién reprocharía a sus padres el régimen de trabajo al que le sometieron? Pero los padres también son hijos y conocemos en la película en parte la relación de estos padres con sus ancianos progenitores. 

Es muy significativo lo que pasó en nuestra infancia para entender lo que nos pasa ahora. Venimos de nuestra infancia y tendemos a reproducirla, a hacer lo que hicieron con nosotros, o al revés, a intentar compensar lo que nos faltó.

El guión mantiene en todo momento el interés, a pesar de la dificultad de las situaciones que se van planteando, resolviéndolas de modo creíble, conteniendo en todo momento las emociones, con sencillez y sinceridad.

Película para sentir y para reflexionar, con un niño maravilloso en el papel protagonista.

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