Tuesday, November 13, 2007

LA TOXINA DEL MIEDO


Sonoma. California. Una pequeña ciudad, típicamente americana. Con construcciones antiguas (allí lo antiguo es de mil ochocientos setenta), que se conservan primorosamente, con sus estancias y patios adaptados como modernas terrazas, donde tomarse tranquilamente una cerveza. Como siempre, para conocer un lugar, conviene saber qué consumen. En el supermarket, la sorpresa me la depara la sección de alimentación. Maravillosa, fotogénica, la sección de frutas y verduras. Una gran extensión, en su mayor parte de productos calificados de "orgánicos". Aquí, en España, la agricultura ecológica sigue en un ridículo porcentaje del uno por ciento de ventas.
A la vuelta me han llevado a visitar un olivar en Córdoba. Allí grandes olivos, colmados de fruto. Y grandes distancias entre ellos. Donde tienen menos espacio, producen menos. La tierra no es tonta. Esto, me dicen, es para quitarlo todo y poner riego por goteo. Hoy el futuro, me dicen, es el olivar superintensivo. Crecimiento vertiginoso. Enorme producción. Vida corta, diez años. Los olivos viven apretados unos junto a otros, son olivos enanos.
Y recuerdo ese maravilloso Jardín japonés en el Golden Gate Park. Qué bonito, dije. Pero ella me recordó el sufrimiento de estos pequeños árboles enanos. Podados a diario. Aplastados con pesos para que no crezcan. Árboles martirizados. Sufrimiento que me era totalmente ajeno. Bastaba la belleza. El resultado. Un bosque disponible para el disfrute del ojo humano, en la reducida extensión de un patio. Pero para ello se había tenido que retener el crecimiento de las plantas (qué distinto ese jardín al cercano bosque de secuoyas centenarias, erguidas decenas de metros por encima de la altura del hombre: qué orgullo el del hombre sometiendo a esos gigantes a ridículas miniaturas).
Y ese sufrimiento, más cercano, de los animales, de los pollos sin espacio para vivir, despojados de movimientos, alimentados por una máquina, sin ver el sol, sin vida familiar (suena decirlo hasta ridículo, pero ¿por qué?). Y esos traslados en camiones, los cerdos, hacinados, haciéndose encima sus necesidades. Ese miedo de los animales que comemos. Comemos miedo, con su carne. Ellos, grandes sacrificados, en sus pequeñas vidas, en su derecho (algunos creen que es ridículo hablar de derechos de los animales, pero ¿por qué?), derecho a una dignidad propia de todo lo que tiene vida. Perdonadme árboles, hasta ahora no os incluía en el dolor. Gracias Ana por abrirme los ojos.
La toxima del miedo que se nos mete en el cuerpo al comer esa vida sufriente. Esa toxina que nos enferma con el estrés inoculado por nosotros en la naturaleza.
Aumenta la rentabilidad: menos espacio, más unidades, mayor producción. Vida más corta, vida estresada, vida en el miedo. Esa rentabilidad ¿es humana? Esa toxina que comemos ¿no nos cuesta un precio añadido?
No a eso. Es negarse a ese tipo de consumo. Y en esto, los americanos, esos "tontos sin historia", están por delante. En sus supermercados se paga el coste marginal necesario para que ese animal, esa planta, puedan disfrutar de sus días. Puedan, con todas las comillas que queramos ponerle a la frase, "ser felices". Y puedan darnos esa felicidad. Que al comerlos incorporemos parte de ese legado de vidas plenas, para nuestra propia plenitud que estará, sin duda, en compartir nuestros derechos con todas las criaturas, grandes y pequeñas, que nos acompañan, y que se nos dan. Y -como pedía Jalil Gibrán, el poeta libanés- que al comernos esos frutos de la vida no nos olvidemos de darles las gracias por eso que nos dan, esa energía de vida. Energía sin toxinas. Cultivos naturales, que den su espacio a los animales y a las plantas. Ganadería y agricultura orgánicas, ecológicas. Todos podemos, en lo que esté de nuestra parte, pedir otras condiciones de vida, de muerte, de crianza, de transporte, para los animales y todos los seres vivos.

5 comments:

  1. Estoy contigo, hay algo equivocado en todo esto.
    Vere

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  2. FRANCISCO, el viaje que has hecho lo tienen que hacer muchos. Por favor, qué bonito texto. Lo he leído un montón de veces.
    Yo soy vegetariana, imagina lo que siento cuando veo comer a la gente alrededor de mi.
    Este post es exquisito, profundo, hermoso, humanista, y me lo quedo, me lo quedo y me lo quedo.

    Besos, y bien por el viaje, un "viaje" de verdad.

    PD: Me has alegrado el día.

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  3. Anonymous1:20 AM

    El texto es magnífico, todo un aldabonazo y una llamada de atención en nuestras conciencias. Crecimiento vertiginoso y producción a gran escala que nos convierten en simples y ávidos consumidores. Y estupenda la descripción y los ejemplos de ese maltrato animal que nos inocula la toxina del miedo. Aun así,y sin justificar para nada esas atrocidades, hay una forma de maltrato igualmente extendida y que me resulta casi más aterradora. La alimentación, al fin y al cabo, es una necesidad humana (con lo que, insisto, no justifico las tropelías) pero ¿y el generalizado maltrato, apaleo y exterminio de galgos, desollados y colgados de encinas a merced de las alimañas cuando pierden sus facultades para la caza? ¡Y las peleas de gallos sangrientas consideradas aún deporte nacional en muchos países? ¿Y el adiestramiento a base de golpes y palizas de perros de pelea? No sé, a ciencia cierta, qué forma de maltrato es peor. Iguales son, sin duda, desde la perspectiva del sufrimiento animal. Y todo un hallazgo la sensibilidad de extender esa conciencia del maltrato al mundo vegetal, tan marginado. Qué hermoso el ejemplo de los olivos... Cordial saludo.

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  4. Es una hermosa imagen y un sitito muy interesante realmente lo disfrute.

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