
El otro día me bajé a la playa con el libro que estaba leyendo. Era “Homero, Ilíada”, de Alessandro Baricco. Quizás no haya otro momento menos épico para leer una obra épica –pensé mientras las bañistas se sumergían en esas aguas, las mismas que en tiempos de Homero se teñían de sangre, las bañistas cuyos cuerpos semidesnudos no serían muy distintos de aquellos por los que pelearon Menelao con Paris o Aquiles con Menelao- y mientras me embadurnaba de protección solar, pues era una hora peligrosa, con mis gafas de sol graduadas y bajo la sombrilla, una vez refrescado con un breve chapuzón, me disponía -sin convicción- a proseguir la lectura, comenzada la noche anterior, aislándome de la conversación que M y C mantenían a mi lado, una conversación que versaba seguramente sobre héroes modernos cuya efímera fama es cantada por los medios, no de distinta manera que Homero cantara las gestas de los difuntos héroes, para que perdurasen sus hechos, pues la muerte no debía acabar con la memoria. Estaba leyendo cómo Aquiles no quería guerrear y se dedicaba a la música mientras innumerables aqueos morían –como un moderno pacifista- y sólo entró en combate por un exceso de amor, por vengar la muerte de su amado Patroclo. Y para que su alma no descendiera sola al Hades, sacrificó ante su túmulo a doce jóvenes guerreros, apenas muchachos, a los que degolló sin concederles la piedad que suplicaban, llorando agarrados a las rodillas del héroe, pero él no tuvo piedad, y tal matanza provocó que el río a cuya orilla los ultimaba uno a uno se encolerizase –tanta era la sangre juvenil que lo iba tiñendo- y formase una ola gigante para arrastrar lejos al impío Aquiles (cuando la religión dotaba a la Naturaleza de una voluntad propia y admitía que un río pudiera encolerizarse o el viento enfurecerse ante los hechos de los hombres y éstos podían, así, reflexionar y aplacar a tales fuerzas naturales con ofrendas, religión que nos sería ahora tan conveniente y sin embargo el hombre ya no cree que la Naturaleza pueda enfrentársele, ni que exista un alma ni una furia que castigue, no cree en ese castigo, se cree inmune y dueño de todo lo demás que existe y actúa como un depredador). Y volvía entonces –entornados los ojos por la luminosidad- a contemplar las aguas y a los niños que se bañaban, y me volvía introducir en el

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